En su célebre ensayo El imperio de lo efímero, Gilles Lipovetsky compara la economía de la televisión y del cine actual con el modo de funcionamiento de la moda. Es más según él, toda la cultura mediática es mucho más representativa de la ley de la novedad, del renovamiento, de la seducción y del suceso efímero que lo fashion de la moda. Los medios de comunicación se organizan alrededor de ciertos valores que tienen siempre que ver con lo nuevo. Mostrar lo nuevo, no aburrir y sorprender para conservar al cliente-tele-espectador. En este sentido entra en juego otro factor que sirve para generar un efecto de novedad: la cantidad. Se multiplican los productos presentados y disminuye considerablemente la cantidad de tiempo en la que se encuentran en el mercado. Antes una película podía tener un tiempo de explotación comercial de 6 meses o de 1 año (o incluso más, pensemos en los grandes clásicos o en el cine “de autor”), ahora apenas duran 2 meses y con suerte. Recordemos cuanto esperábamos para que un tal film saliese en el videoclub para ir a alquilarlo. Hoy en día nos parecería ridículo esperar, pudiéndolo bajar al instante de Internet. La espera en sí perdió su sentido, podemos tener todo ya mismo y lo queremos, entonces, todo ya mismo. Esto acelera notablemente los tiempos de consumo y de producción: se consume más rápido, se produce todavía más rápido. Lo mismo pasa por ejemplo con las series: actualmente muy poco importa que una serie se dé en la televisión estadounidense, a las pocas horas ya podemos apreciarla en nuestro hogar; muy poco importa que la serie esté en inglés, a las pocas horas los equipos de traducción ya manejan transcripciones y subtítulos para nosotros. El tema de los subtítulos es un ejemplo clarísimo, hace un par de años debíamos esperar varios días antes de ver un episodio subtitulado, hoy, en un par de horas ya empiezan a circular y seguramente en un par de años más los capítulos ya saldrán subtitulados.
La aceleración produce “novedad”. Las cadenas de televisión multiplican los lanzamientos y, sobre todo, los episodios pilotos para limitar los riesgos comerciales. Prueban con estos experimentos, prueban a la audiencia y deciden si comercialmente hablando vale la pena producir la serie completa.
En 1981, 23 programas producidos por 85 pilotos presentados. Lamentablemente no tengo los datos actuales, pero las cantidades deben de haberse multiplicado considerablemente, sobre todo gracias al auge de la industria televisiva norteamericana que terminó superando largamente a la cinematográfica, en términos de calidad y cantidad.
Citando al filósofo francés: “Las industrias culturales son de par en par industrias de moda, la renovación acelerada y la diversificación son vectores esenciales para ellas.”
Por qué nos apasionaba tanto 24 ? Por qué nos cuativó Damages? Estas dos series muestran bien la noción generalizada que circula en los productores de televisión: transmitir una buena medida de I.P.M. (Ideas Por Minuto), inundar al espectador de acciones, multiplicar los enredos, buscar lo imprevisible, lo cambiante y alcanzar, si se puede, una buena cantidad de I.P.S. (Ideas por Segundo) porque mientras más se le da al público ávido de novedad, mejor se lo mantiene en el sillón. Una persona que empieza a aburrirse, que no se sorprendre, que recibe más de lo mismo, deja la serie. Por esta misma razón varias series han fracasado en segundas temporadas, por esta misma razón varias series ni siquiera han llegado al final de su primera temporada, por esta misma razón se siguen multiplicando los Episodios Pilotos.











